Tango en La Viruta

Publicado el Por Laura Vaillard

Aprendí a bailar tango como Tom&Jerry, siguiendo los pies recortados y las líneas punteadas que danzaban al son de un constante dos por cuatro en la pantalla de mi televisor.

Hubiese preferido aprender a bailar de otra forma. Pero desafortunadamente, la señora regordeta y mal vestida de esos videos de baile ochentosos que aseguran que con ellos puedes “Teach Yourself”, fue la única dispuesta a darnos clases en el cuarto alfombrado de una casa vieja de Fort Worth, Texas, capital de la música country.

Ni el lugar, ni la profesora eran idóneos para aprender a bailar. Pero no tenía escapatoria. Mis amigos querían que representara a Argentina bailando tango en el Internacional Banquet 2005 de Texas Christian University.

Con mucho esmero y dedicación, mi amigo colombiano Mauricio Oliveros, y yo, practicábamos los ochos, las vueltas y las piruetas una y otra vez, mientras mirábamos esos videos de tango en “slow motion” para no perdernos ningún detalle.

Al cabo de unas semanas, habíamos “aprendido” a bailar tango, y presentamos el número que habíamos preparado en el Banquet.

Nuestro público, poco familiarizado con el tango, aplaudió efusivamente el resultado de nuestro esfuerzo autodidáctico. Aunque en ese momento había quedado satisfecha por haber difundido un trocito de mi cultura, también me había endeudado con mis raíces: en algún momento tendría qué aprender a bailar bien el tango.

Así que en cuanto llegué a Buenos Aires me anoté a la primera milonga de la que escuché hablar. Era mi oportunidad de saldar mi deuda y corroborar qué tan tanto había aprendido con los videos.

Con otro compañero, pero con la misma energía y ganas de aprender, me puse los zapatos de baile y nos dirigimos La Viruta en el Club Armenio en el corazón de Palermo. Cuando llegamos, parecía que no había mucha gente. Pero en cuanto sonó el primer acorde del acordeón tanguero, los bailarines coparon la pista.

Había tanta gente, que era casi imposible bailar más de tres segundos sin chocarnos. Además, como principiantes, todos estábamos demasiado ocupados mirándonos los pies como para estar pendientes de las posiciones de las otras parejas.

Éramos como autitos chocadores sin ruedas perdidos en un divertido caos de tolerancia: donde cada pareja aceptaba los pisotones y empujoncitos de los otros como moneda de cambio por los que nosotros ya habíamos dado.

Después de dos horas de baile creo que saldé la primera cuota de mi deuda al tango. Y aunque tendré que tomar varias clases más para terminar de pagarla, creo que las clases de tango por video me sirvieron de buena base para avanzar con gran velocidad.

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