El arte de volar

FOTO DE VIERNES

Por: Laura Vaillard

¿Alguna vez te preguntaste por qué a disfrutamos volar?
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A veces siento que es porque en el momento que atravesamos esa barrera blanca que no nos deja ver más allá de la ventana, y comenzamos a levitar sobre las nubes, creemos que estamos en el cielo. Sean sinceros. ¿Nunca se imaginaron cómo sería “la casa de Dios” mientras sobrevuelan esas nubes de algodón? Cada vez que el avión deja de ascender y se apaga la luz del cinturón de seguridad pienso lo mismo: mi cielo tendría montañas, gente querida y buena comida (no es casualidad que son las mismas cosas que me hacen feliz cuando no es momento de soñar).

Otras veces, creo que esta fascinación por las alturas viene de esa omnipotencia que nace cuando ves todo tan pequeño desde arriba y sentís que tenés el poder para mover las cosas de lugar para que todo esté bien ordenado y prolijo. Volvés a convertirte en ese niño de la maqueta perfecta; ese ser ese ser esperanzado que creía que tenía el poder de mejorar las cosas acompañado por su voluntad.

En otros momentos, siento que nos gusta simplemente por el hecho de disfrutar un buen paisaje desde otro ángulo.

Sea cuál sea la razón, en algunos casos más soñadora, y en otros más racional, creo que no queda duda de que es un acto que no deja de sorprendernos, sin importar cuántas veces despegue tu avión.

Sobevolando la ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Sobe volando los deltas entre Argentina y Uruguay

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