Una Noche en el Sahara

Texto y Fotos: Melina Softa

Luego de un largo road trip desde el aeropuerto de Marrakech-Menara y de muchas paradas y asombros, junto a mis amigas y un nuevo grupo de ecuatorianos y mexicanos, arribamos a las sobrecogedoras dunas de Merzouga, uno de los pueblos más renombrados de Erg Chebbi, el único erg marroquí del Sahara (la región arenosa de un desierto).

Caminamos un poco para apartarnos del pueblo, hasta que vimos una caravana de dromedarios que nos esperaba para ir hacia el campamento de jaimas (carpas usadas en el desierto o por los pueblos nómadas), un viaje de alrededor una hora y media. Cada uno eligió su compañero de cuatro patas y partimos. Yo estaba última en la fila (íbamos todos enganchados con una soga, uno detrás de otro). Cuando me subí, el dromedario se fue parando pata por pata; tuve que agarrarme bien, especialmente en las bajadas de los médanos, porque sentía que me caía. Nuestros guías (más de los animales que nuestros, en realidad), sólo hablaban árabe. Iban caminando y cantándonos cosas incomprensibles, que sonaban algo así: barabarabara, bereberebere, barabarabara, bereberebere, ah lalalalalala.

Con una poesía visual y melódica nos fuimos adentrando en el desierto del Sahara, un sitio onírico que todavía no comprendo si existe realmente o si me lo imaginé. Era tarde ya, por lo que empezó a atardecer. Miré para atrás y vi el pueblo alejándose con el cielo rosado detrás de aquel. Giré la cabeza y, delante de mí y a mis costados, sólo veía arena.

Llegamos al campamento después de casi dos horas de viaje en dromedario y unas cuantas lágrimas de felicidad (¡estaba en África, en el medio del desierto, y me lo repetía a cada rato!). Había como cuatro jaimas rodeando una mesa comunal que estaba dispuesta sobre una alfombra, donde cenamos más tarde, después de subir a la Gran Duna. Cuando ya habíamos dejado descansando a nuestros dromedarios, nos ofrecieron un té de hospitalidad, una costumbre en Marruecos. Comimos nuevamente cuscús con verduras, que venían calientes en una cazuela.

Una vez que finalizamos, hicimos una fogata unos metros más alejados del campamento, conversamos entre todos, y fumamos shisha. Hacía frío a pesar de que vestíamos pantalón largo y campera. Nos asegurábamos unas buenas risas cuando alguien tenía que ir al baño porque había que ir en grupo. Era de noche y no se veía nada, y es imposible tener sentido de la orientación en un lugar donde sólo hay arena. No hay nada que sirva como punto de referencia, entonces, si nos íbamos lejos, debíamos olvidarnos de volver, porque el “vine por ahí” no existe, ya que puede ser cualquier lado.

Disfrutábamos de la tranquilidad y del silencio cerrado que nos ofrecía aquel lugar y momento. El cielo nocturno nos envolvía. Nunca había visto tantas estrellas, habré contado un billón, pero claro, las luces de las ciudades tienden a esconderlas, por lo que jamás las pude ver totalmente. Allí, sin embargo, en la boca de la tierra, todo se hace visible y el cielo es auténtico. Hola, ¿qué tal universo? Mucho gusto. Cara a cara con usted. Era surrealista. Estaba con gente nueva, en un lugar increíble, haciendo cosas que nunca había ni pensado en hacer. Nos fuimos a acostar bastante tarde y dormimos con la misma ropa que llevamos durante el día (el olor a dromedario me duró impregnado más de lo que me hubiera gustado), bajo un manto de estrellas, en el corazón del desierto.

Al día siguiente nos levantamos temprano en la madrugada. ¿Saben lo irreal que es ver el amanecer en el desierto del Sahara, con los dromedarios acostados en la arena, y por donde mires, sólo hay médanos y más médanos? Es impresionante, de locos.

Si tienen pensado hacer algún viaje en el futuro, deben ir al Sahara. Además de ser una maravilla, es una oportunidad para permitirse ir lento, aunque sea por un breve trayecto. Acostumbramos llevar vidas caóticas, urgentes, y a enrollarnos con poca cosa. Pero, entre las dunas, la mente es sosegada y la única prisa es la de dejar entrar tanta paz. Comimos algo, y fuimos a buscar a los dromedarios para seguir nuestra aventura por Marruecos, y desafiarla a sorprendernos una vez más. Y así lo hizo.

 

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