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Madrid Como Una Local: Parte I

Texto y Fotos: Melina Softa

Un día decidí hacer un viaje distinto, con los ojos vendados, sin certezas, sin expectativas, sin una ruta trazada. La única condición era viajar desapercibida, ser una local más, ver con otros ojos. Lo que me permitió materializar la idea fue hacer un intercambio académico, un cuatrimestre de mi carrera en el extranjero. Después de una interminable odisea burocrática, la universidad que mejor se adecuaba a mis necesidades estaba en Madrid, España. Así que, antes de darme cuenta, estaba armando las valijas y tomándome un vuelo al Aeropuerto de Barajas, sola, sin pensarlo demasiado. El sino ya estaba escrito: este viaje sería un antes y un después en mi vida, y hoy acá lo escribo, a modo de reflexión.

 

La Cultura

Al principio, juzgué sin saber, lo admito. Pensé que España no me traería nada nuevo culturalmente por el simple hecho de que se hablaba el mismo idioma que en Argentina. ¡Qué equivocada estaba! En primer lugar, se llama “intercambio” por algo. Por más que haya ido a Madrid, conocí de cerca otras culturas además de la española. Por ejemplo, solíamos hacer “intercambios gastronómicos” con nuestras amigas chinas. Ellas nos cocinaban su comida y, en otra ocasión, nosotros les preparábamos platos de cada uno de nuestros países. Así, nos conocíamos mejor a través de la cultura, y salíamos de nuestras minúsculas burbujas. Por otro lado, por más que los españoles y los argentinos nos parecemos en muchas cosas, hay otras que me sorprendieron, como la venta de cerveza en la facultad y en los locales de comida rápida, o que los autos frenen para dejar pasar a los peatones al cruzar la calle.

En cinco meses en el exterior, se pueden aprender muchos idiomas. Por fonética, empecé a “tener contacto” con el chino y, después de deleitarme con el italiano de mi amiga milanesa, empecé a aprenderlo por mi cuenta, una vez en Buenos Aires. Sin embargo, me especialicé en el idioma local. Antes de vivir en Madrid, no entendía el español-español, hasta tal punto en el que, incluso, necesitaba subtítulos para las películas de Almodóvar (sólo traen subtítulos en inglés, no en castellano, por lo cual terminaba leyendo la película en un idioma que no era el mío, cuando el audio sí lo estaba, una situación absolutamente kafkiana). Además de las complicaciones que trae el acento cerrado, hay muchas diferencias de lenguaje en el mismo idioma.

El choque lingüístico es, sin duda, motivo de muchas risas. La palabra que más usan es “vale”, interjección utilizada para expresar conformidad o asentimiento. Por su gran practicidad y versatilidad, la adopté como propia y abusé, incluso luego de mi vuelta, aunque en Argentina funciona como verbo, conjugado en presente para la tercera persona: “Esta joya no vale ni un centavo”. En su lugar, decimos “dale”, a modo de afirmación: “Dale, voy con vos a hacer el trámite y después nos vamos a tomar algo”. Nótese su equivalente mexicano “sale”. Teniendo en cuenta que estaba en España y rodeada de una muchedumbre de mexicanos, me generaba un poco de confusión tantas variaciones: “dale” para Argentina, “vale” para España, y “sale” para México: “Wey, vamos a la alberca. –Sale”.

La diferencia entre españoles y argentinos no terminaba ahí. Destaco el gran problema de tener un sólo nombre y un sólo apellido. Para llenar formularios o hacer trabajos de la universidad me decían: «tía, venga, que debes poner tu nombre completo», y les costaba creerme que dos simples palabras eran todo lo que me identificaba. Era una transgresora en España. Había algunos de los chicos que llegaban a tener cuatro o cinco. ¿Cómo se los aprenden? Pero claro, en Argentina hay, sin duda, unos diez millones de Juan Pérez. La lógica es innegable.

También, así como yo escuchaba perpleja el acento español, ellos hacían lo mismo con el mío. No tenía idea que el “argentino” era tan popular. Apenas decía una palabra me acusaban: “¡¡una argentina!!”, y me rogaban que les enseñe mi acento (¿pero de qué acento me hablan, si no tengo ninguno? ¡Lo juro, no entiendo lo que me piden!). Parece ser que “mola” mucho, y que puede funcionar como un arma de seducción (me contaron que, en particular, las españolas mueren por los argentinos). Recién al tercer mes empecé a reconocer que tenía uno, cuando ya había adoptado como propio el español y el mexicano. Un momento inolvidable fue la noche que conocí a mi amigo de Philadelphia. Nos juntamos todos a comer y después de que terminé de decir algo, me preguntó: “So, where in Germany are you from?” (¿De qué parte de Alemania sos?). Le dije que era de Argentina pero no me creía que hablaba castellano. Es que, claro, en Estados Unidos enseñan el mexicano, y por la manera en la que pronunciamos el fonema “y” y el “ll”, me creyó alemana. Así que, a los ojos de los extranjeros, ser argentino es la quintaesencia del exotismo… ¿Qué tiene de extravagante un mate con bizcochitos?

 

Los amigos

Una ventaja de viajar sola fue el poder estar más abierta a todo. No me quedaba otra que ser un poco cara-rota para poder conocer gente y hacerme amigos. El gran deporte de la socialización (que no era mi fuerte, por cierto), pasó a ser crucial y la parte más linda de la experiencia. Una vez que ya tenía un grupo, el tinto de verano, las patatas bravas, el chocolate con churros, las tortillas, las tapas, y los chupitos, nos servían de excusa en todo momento para juntarnos (siempre con el Oso y el Madroño de Sol, epicentro de la ciudad de Madrid, como punto de encuentro). Madrid es conocida por su gastronomía, y por sus fiestas.

Además de los amigos que hice en la universidad (y sus amigos, y amigos de sus amigos), llegué a conocer, incluso, a un grupo de chicos haciendo fila en un teatro. En Europa estos encuentros casuales son muy frecuentes. ¡Qué lindo es conocer gente de todo el mundo! De Italia, China, Perú, España, México, Estados Unidos, Finlandia, Alemania… Tengo amigos de distintos puntos del globo. Este grupo multicultural pasó a ser mi familia. Los veía todos los días, compartíamos todo, estudiábamos juntos, salíamos juntos, pasamos la Navidad juntos. Y, después, llega ese momento de las despedidas, la curita se saca lentamente, poro por poro, y así duele más. Se van yendo de a uno, y el grupo es cada vez más pequeño. Pero son amigos para toda la vida (¡y después recibís invitaciones de todas partes del mundo!)

 

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