Chinchón y su sabor

Texto y Fotos: Melina Softa

Cuando fui a Chinchón, me tomé un bus desde la estación de Moncloa, en Madrid, y disfruté enormemente el camino, que se me hizo corto, al igual que el de Toledo. Veía cómo la ciudad iba haciéndose más y más pequeña a medida que nos alejábamos, pero siempre seguía ahí, inamovible. Fue una visita corta, de pocas horas. Es un pueblo minúsculo que se destaca por sus casas blancas, paredones de piedra, y la unicidad de su Plaza Mayor, donde predomina el color verde de los balcones de los edificios, y las banderas de España que cuelgan de ellos. Me senté por un tiempo a comer un sándwich que me había llevado, y admiré sus edificios y su gente.

Estaba muy concurrido aquel día; me enteré más tarde que había corrida de toros y por eso habían llevado asientos y vallas de madera. Las personas estaban sentadas en la mesa, comiendo y hablando con sus acompañantes. Nadie iba solo. Cuando terminé mi comida emprendí una caminata y me aseguré de pisar cada calle de aquel pueblo. Apenas puse un pie fuera de la Plaza, no vi ni un alma por un buen tiempo, hasta que me encontré con un patio que estaba al lado de una Iglesia, donde había un grupo de jóvenes músicos tocando y siendo dirigidos por un director de orquesta. Los padres observaban, y quienes caminaban por allí decidían quedarse a escuchar, como lo hice yo.

Continúe perdiéndome en Chinchón y descubriendo rincones y negocios adorables. Prontamente me encontré con una calle que iba en subida, hasta la Parroquia de la Asunción. Desde allí veía los techos de las casitas y la pradera a la distancia. Me compré un helado y disfruté cada saboreada, mirando esa panorámica tan deslumbrante, junto a un perro del que me hice amiga. El dolce far niente italiano (españolizado) a la máxima potencia; simplemente sentarme y mirar aquel paisaje, y deleitar mi alma. Es importante cuando uno viaja tomarse el tiempo de estar con uno mismo. Solemos excitarnos y no parar ni un segundo, por ser conscientes de que el tiempo es limitado y las cosas para ver son inabarcables. No obstante, frenar, observar, y degustar los momentos, es lo que hace que un viaje sea inolvidable. Hay que pensar, agradecer cada respiro que recibimos, y esa oportunidad de mirar otra cara de este mundo. Es abrir la mente al universo, y ver con otros ojos aquello que la mayoría ve con una vista cansada. Es buscar en la monotonía cotidiana del día a día, esa pizca de divinidad que te refresca el espíritu.

Mientras miraba allí sentada, detecté el Castillo de Chinchón, el cual estaba del otro lado de la ciudad, y decidí dirigirme allí. Llegué en poco tiempo y me di cuenta que estaba cerrado (pensé que sería un museo). La vista desde aquel lugar me sacó el aliento. Se puede ver todo el pueblo y el límite exacto donde deja de haber urbanización, y comienza a haber sólo campiña y una que otra casa solitaria. A cierta altura, te das cuenta que Chinchón es diminuta a primera vista, pero produce un efecto deslumbrante en quien la visita.

 

 

 

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