Road Trip por Marruecos: Parte II

Texto y Fotos: Melina Softa

En «Road Trip por Marruecos: Parte I«, relaté el recorrido que hicimos desde el aeropuerto de Marrakech, por el Alto Atlas, atravesando distintos pueblos y puertos. En esta entrega, los protagonistas serán las Gargantas del Todra, y el mismísimo Desierto del Sahara.

Luego de desayunar té marroquí, fruta, y tostadas, partimos hacia Ouarzazate, considerada la gran puerta del desierto y lugar desde donde parten las grandes expediciones. Atravesamos más pueblos, y fuimos parando para comprar agua y comida. La Coca-Cola es ecuménica, pero en Marruecos tenía otra etiqueta y estaba escrita en árabe, y hasta algo tan ordinario y mundano no dejaba de fascinarme. En la ruta veíamos camellos merodeando, de la misma manera en la que se ven los caballos en Argentina, lo cual se considera normal.

 

Hacia las Gargantas del Todra

Continuamos hacia el gran palmeral de Skoura y Boumalne Dadés, una ciudad en el valle que vimos camino a las Gargantas del Todra. El monocromatismo de Marruecos tiene una belleza sin igual. Es un paisaje que es cualquier cosa excepto monótono. Siempre es terracota y turquesa en sus construcciones, y verde en su naturaleza, pero ningún panorama es igual a otro.

Había unas rocas que formaban un mirador natural, y nos paramos ahí para admirar la vista. Como si esto no fuera suficiente, estábamos en la parte alta de la montaña, en una carretera que iba por el borde de la cordillera, y abajo había un precipicio. Esto hizo que el instante fuera doblemente hermoso. Las montañas eran, por supuesto, terracota, y el pueblo del mismo color, aunque un poco más rojizo a sus pies; imprevistamente iniciaba un Oasis con palmeras, de un verde inglés chocante. Todo estaba perfectamente limitado y definido por bandas: una franja pertenecía a la montaña, una segunda estaba dominada por las casas, y otra por las palmeras, todo armónico, y dispuesto de tal manera que parecía una bandera. Si los hombres hubiesen querido lograr voluntariamente una obra maestra de semejante calibre, hubieran fracasado. Si veías para la derecha, donde se abría la sierra, veías que rápidamente el verde terminaba y empezaba a percibirse un horizonte árido. El campo se corta en un punto perfectamente notable, y empieza a tiranizar la ciudad.

Las Gargantas del Todra, uno de los puntos de interés más fornidos del sur, edén de los escaladores y un lugar único, son prominencias altísimas que me dejaron boquiabierta. ¡Qué insignificante era yo al lado de todo lo demás! Me pregunté cuántas personas de altura tendrían las Gargantas si hiciésemos una torre humana. En la base había vendedores que ofrecían de todo, joyería artesanal, pañuelos, mantas, túnicas, camperas, llaveros, y procuraban negociar aun cuando les dije que no estabas interesada. Ahí también había un par de casas, alejadas de cualquier pueblo. El cauce del río Todra ha formado un desfiladero de paredes verticales de enormes proporciones y de gran belleza. Fuimos luego a almorzar a un restaurant sobre la ruta, y continuamos nuestro camino hacia el desierto, atravesando Erfoud y Rissani.

Arribamos a las sobrecogedoras dunas de Merzouga, donde nos esperaba un grupo de dromedarios para dirigirnos a nuestro campamento de jaimas en el corazón del desierto del Sahara. Podés leer sobre esta experiencia aquí.

Fuimos de nuevo al hotel, nos bañamos con una sola gota de agua fría porque no había más que eso, comimos algo, y fuimos a conocer la casa de nuestro guía, ya que ese era su pueblo. Nos presentó a su mamá, quien estaba cocinando en una cazuela gigante en el piso, y después nos ofreció té y unos dulces típicos cuyo nombre no recuerdo. Era un pueblo diferente, que no era color terracota, sino beige, pero la tierra también era de ese color ahí, por lo que concluí que ese era el pretexto: en Marruecos los edificios siempre se tienen que mimetizar con la tierra en la que han sido construidos.

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