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Cinque Terre, nuestra primera experiencia de Couchsurfing

Texto y Fotos: Melina Softa

Cuando emprendí mi viaje como mochilera por Europa, una de mis ideas era poder reencontrarme con algunos de mis amigos que viven allá. A María la conocí durante mi intercambio en Madrid (podés leer sobre él en este link y en este), y no la veía hacía más de un año y medio. Le comenté que iba sin planes definidos, y me invitó a quedarme junto a su familia. Me hospedó 5 días en su casa en Palazzolo sull’oglio, en Brescia, y recorrimos juntas el norte de Italia. Cuando estaba por llegar el fin de semana, decidimos visitar Cinque Terre, y tener lo que sería nuestra primera experiencia de Couchsurfing.

No tardamos mucho en encontrar un anfitrión, Davide, a quien le mandamos un mensaje preguntando si tenía lugar para nosotras. Nos aclaró que esa misma noche se quedarían dos alemanas, y sus dos hijos, por lo cual no estaríamos tan cómodas. Mientras más, mejor, así que accedimos sin dudarlo. Nos subimos al auto al día siguiente, y emprendimos un road trip de dos horas y media a La Spezia.

Después de un viaje tranquilo por la autostrada (autopista en italiano) que circula entre las montañas, llegamos a Porto Venere, donde caminamos por unas rocas hasta una cueva, y nos metimos al mar bajo la lluvia. Después, hicimos una pasada por Le Grazie y su puerto, y finalmente fuimos a la Spezia, una de las ciudades más cercanas a la costa de Cinque Terre, en donde se puede hacer base para visitar esos cinco pueblos, donde no hay muchas opciones de alojamiento.

Llegamos a la casa de Davide, quien nos estaba esperando junto a sus dos hijos, sociales y abiertos de mente, típicos síntomas de quienes abren las puertas de su casa al mundo. Nos bañamos, y un rato después llegaron las dos chicas alemanas. Al poco tiempo, nos sentamos a comer con nuestra nueva familia Couchsurfer: las 4 huéspedes, el anfitrión y sus dos hijos, y un amigo suyo que era Polizia. Nuestro host nos preparó la cena a todos: tortilla de papa, queso, y vino y, como postre, nos cocinó gelato casero in situ, que comimos entre risas y conversaciones dispares.

Al día siguiente, las cuatro salimos temprano para la estación, donde compramos la Cinque Terre Card, que te permite hacer viajes ilimitados en tren entre los pueblos y La Spezia Centrale. Hay mucho control de boletos dentro del tren, por lo cual recomiendo comprar siempre el ticket, aunque sea individual, ya que las multas cuestan unos 50 euros.

Cinque Terre es la denominación que tiene una parte de la costa noroeste de Italia, en la Provincia de La Spezia, Patrimonio Nacional de la Unesco, y que en español se traduce a “Cinco Tierras”: Monterosso al Mare, Vernazza, Corniglia, Manarola, y Riomaggiore. Se caracterizan por ser pueblos coloridos que cuelgan en pendientes abruptas, sobre el mar y las piedras.

Comenzamos nuestro recorrido en Riomaggiore, la más cercana a la Spezia, y una de las más pintorescas. A pesar de ser temporada alta, de alguna manera la mayor concentración de personas estaba en las estaciones, y no en el pueblo ni en la playa. Afortunadamente, gracias a esto, no tuvimos que lidiar con el clásico disgusto de los veranos, en el que se afirma que es verdaderamente factible que la población de un pequeño país entre en un mísero metro cuadrado.

Caminamos un poco por su calle principal, donde hay restaurantes y distintos negocios, y luego nos metimos por otra calle que llevaba a la playa. Desde allí podíamos ver, desde otra perspectiva, las casas de colores suspensas en distintos niveles, pero todas inclinadas hacia la calle principal, sin rozar el río por el impedimento tenaz de las rocas, que sostienen la creación vivaz de los hombres en perfecta armonía con la naturaleza, lo que lo convierte en un paisaje inusual y encantador.

Como pocos saben, en la mayoría de las playas europeas, no se encuentra arena, sino rocas. Cruzamos la playa caminando, y trepamos por unas rocas, hasta alejarnos un poco de la gente. Dejamos nuestras cosas ahí, y nos tiramos todas al mar. Nadamos un buen tiempo, acompañadas de aguas vivas (¡de gran tamaño!), y de risas espontáneas que surgían al recordar que estábamos en Cinque Terre, con un grupo internacional variado, nadando en el Mar de Liguria.

Un rato más tarde almorzamos, y tomamos el tren a Monterosso al Mare. Recorrimos un poco, y tomamos un gelato. Sin embargo, notamos que toda la gente que veíamos en las estaciones, estaba concentrada en Monterosso, por lo cual, mi amiga italiana y yo, decidimos continuar camino hacia Vernazza. Nos separamos de las chicas alemanas, que preferían quedarse.

En Vernazza quedamos encantadas con los colores de las casas, más saturados que los de Riomaggiore, de tonos cálidos y chocantes, que acompañaban de manera apacible el azul del cielo, y el verde del mar y las montañas. Los barcos que estaban anclados en el pequeño puerto, estaban en consonancia con la arquitectura, todo lo cual conseguía que la vista sea perfecta por donde se la mire. Nos quedamos en las rocas, envueltas por el sol que nos compartía su calidez, y nos metíamos al mar esporádicamente, tratando de obtener lo mejor de los dos mundos, agua y tierra, y aprovechar cada instante que se nos ofrecía tan generosamente.

Finalizamos el día viendo el atardecer en Manarola, quizás mi favorita, un lugar donde las casas están suspensas a un mayor nivel de inclinación sobre las rocas, y cuyos colores se asemejan a los de las casas de Vernazza. Caminamos por un sendero que rodeaba la montaña, y por el cual te alejabas de la ciudad para verla en su totalidad. Pudimos diferenciar la gran dimensión de las montañas en comparación con la pequeñez del pueblo, sumiso frente a la supremacía del mar. Anduvimos por ese sendero hasta alcanzar su fin, donde conocimos el otro lado de la cuesta. Allí vimos una pareja que nadaba mar adentro, ya alejados de la costa y sin un destino aparente, emancipados de la seguridad de la orilla y siendo libres en su vivir.

Ya caída la noche, María recibió un Whatsapp de Davide, invitándonos a comer. Accedimos. Tomamos el tren de vuelta hacia la estación de La Spezia, y fuimos a su casa, donde nos volvimos a encontrar con las chicas de Alemania, Davide y sus hijos.  Comimos la tortilla de papa que había sobrado de la noche anterior, queso, y vino. De postre me sorprendió con unos panqueques de Nutella sin gluten, ya que le había contado que era celíaca. Convertimos la noche en una fiesta de Karaoke internacional, en la que cada uno puso música de su país e intentamos cantarla en grupo. María y yo descubrimos que tenemos un don natural para cantar rap alemán, ¡pan comido!

Cuando ya se estaba haciendo muy tarde, decidimos volver. María me tenía que llevar al aeropuerto de Milán antes de volver a Brescia, para pasar la noche allí y tomarme un vuelo a las 6 a mi próximo destino: Split. Una vez ahí, me regaló una Cosmopolitan en italiano para que practique el idioma (entre chicas nos entendemos), nos abrazamos, y nos despedimos después de una semana siendo inseparables, y de recorrer un país tan lindo y completo como lo es Italia (¡y de comer como nunca antes en mi vida!).

 

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