Chinchón y su sabor

Chinchón y su sabor

Texto y Fotos: Melina Softa Cuando fui a Chinchón, me tomé un bus desde la estación de Moncloa, en Madrid, y disfruté enormemente el camino, que se me hizo corto, al igual que el de Toledo. Veía cómo la ciudad iba haciéndose más y más pequeña a medida que nos alejábamos, pero siempre seguía ahí, inamovible. Fue una visita corta, de pocas horas. Es un pueblo minúsculo que se destaca por sus casas blancas, paredones de piedra, y la unicidad de su Plaza Mayor, donde predomina el color verde de los balcones de los edificios, y las banderas de España que cuelgan de ellos. Me senté por un tiempo a comer un sándwich que me había llevado, y admiré sus edificios y su gente. Estaba muy concurrido aquel día; me enteré más tarde que había corrida de toros y por eso habían llevado asientos y vallas de madera. Las personas estaban sentadas en la mesa, comiendo y hablando con sus acompañantes. Nadie iba solo. Cuando terminé mi comida emprendí una caminata y me aseguré de pisar cada calle de aquel pueblo. Apenas puse un pie fuera de la Plaza, no vi ni un alma por un buen tiempo, hasta que me encontré con un patio que estaba al lado de una Iglesia, donde había un grupo de jóvenes músicos tocando y siendo dirigidos por un director de orquesta. Los padres observaban, y quienes caminaban por allí decidían quedarse a escuchar, como lo hice yo. Continúe perdiéndome en Chinchón y descubriendo rincones y negocios adorables. Prontamente me encontré con una calle que iba en subida, hasta la Parroquia de la...

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