Road Trip por Marruecos: Parte I

Road Trip por Marruecos: Parte I

Texto y Fotos: Melina Softa Un día, durante mi intercambio en Madrid, una amiga dijo: “vamos a Marruecos”, y todas dijimos que sí sin dudarlo. Organizamos el viaje en pocos días y, finalmente, fuimos a Barajas para tomar nuestro vuelo low cost. Nos subimos al avión y nos dimos cuenta que faltaba una de las chicas. Queríamos saber qué había pasado, y era el último llamado, por lo cual ya estaban por cerrar las puertas. Nos la rebuscamos para que un hombre del avión llame a seguridad en el aeropuerto y, de alguna manera, descubrimos que ella se había ido hacia la derecha en la bifurcación de la entrada, luego del control de pasaporte, en lugar de hacia la izquierda. Se había ido a tomar un vuelo a Moscú. No sé cómo no volvieron a controlar su boleto, pero casi termina extraviada en Rusia. Nos habíamos parado todas para hablar, hacer ruido a modo de protesta, y pedir que la traigan a ese vuelo, pero nos decían que ya estaban demorados y había que cerrar las puertas. Les rogamos y, en el último segundo, un guardia la trajo; estaba en un estado de shock, no sé si por el disgusto o porque estábamos yendo, nada más y nada menos, que a África. Al llegar al aeropuerto de Marrakech-Menara, el choque cultural fue inminente. Los carteles estaban escritos en árabe y había mujeres paseándose con turbantes. La arquitectura de aquel edificio era magnífica: consistía en una serie de rombos blancos, a través de los cuales atravesaba la luz. Nos pasó a buscar nuestro guía, un “bereber”, que significa “hombre libre”,...
Una Noche en el Sahara

Una Noche en el Sahara

Texto y Fotos: Melina Softa Luego de un largo road trip desde el aeropuerto de Marrakech-Menara y de muchas paradas y asombros, junto a mis amigas y un nuevo grupo de ecuatorianos y mexicanos, arribamos a las sobrecogedoras dunas de Merzouga, uno de los pueblos más renombrados de Erg Chebbi, el único erg marroquí del Sahara (la región arenosa de un desierto). Caminamos un poco para apartarnos del pueblo, hasta que vimos una caravana de dromedarios que nos esperaba para ir hacia el campamento de jaimas (carpas usadas en el desierto o por los pueblos nómadas), un viaje de alrededor una hora y media. Cada uno eligió su compañero de cuatro patas y partimos. Yo estaba última en la fila (íbamos todos enganchados con una soga, uno detrás de otro). Cuando me subí, el dromedario se fue parando pata por pata; tuve que agarrarme bien, especialmente en las bajadas de los médanos, porque sentía que me caía. Nuestros guías (más de los animales que nuestros, en realidad), sólo hablaban árabe. Iban caminando y cantándonos cosas incomprensibles, que sonaban algo así: barabarabara, bereberebere, barabarabara, bereberebere, ah lalalalalala. Con una poesía visual y melódica nos fuimos adentrando en el desierto del Sahara, un sitio onírico que todavía no comprendo si existe realmente o si me lo imaginé. Era tarde ya, por lo que empezó a atardecer. Miré para atrás y vi el pueblo alejándose con el cielo rosado detrás de aquel. Giré la cabeza y, delante de mí y a mis costados, sólo veía arena. Llegamos al campamento después de casi dos horas de viaje en dromedario y unas cuantas lágrimas...