Una Noche en el Sahara

Una Noche en el Sahara

Texto y Fotos: Melina Softa Luego de un largo road trip desde el aeropuerto de Marrakech-Menara y de muchas paradas y asombros, junto a mis amigas y un nuevo grupo de ecuatorianos y mexicanos, arribamos a las sobrecogedoras dunas de Merzouga, uno de los pueblos más renombrados de Erg Chebbi, el único erg marroquí del Sahara (la región arenosa de un desierto). Caminamos un poco para apartarnos del pueblo, hasta que vimos una caravana de dromedarios que nos esperaba para ir hacia el campamento de jaimas (carpas usadas en el desierto o por los pueblos nómadas), un viaje de alrededor una hora y media. Cada uno eligió su compañero de cuatro patas y partimos. Yo estaba última en la fila (íbamos todos enganchados con una soga, uno detrás de otro). Cuando me subí, el dromedario se fue parando pata por pata; tuve que agarrarme bien, especialmente en las bajadas de los médanos, porque sentía que me caía. Nuestros guías (más de los animales que nuestros, en realidad), sólo hablaban árabe. Iban caminando y cantándonos cosas incomprensibles, que sonaban algo así: barabarabara, bereberebere, barabarabara, bereberebere, ah lalalalalala. Con una poesía visual y melódica nos fuimos adentrando en el desierto del Sahara, un sitio onírico que todavía no comprendo si existe realmente o si me lo imaginé. Era tarde ya, por lo que empezó a atardecer. Miré para atrás y vi el pueblo alejándose con el cielo rosado detrás de aquel. Giré la cabeza y, delante de mí y a mis costados, sólo veía arena. Llegamos al campamento después de casi dos horas de viaje en dromedario y unas cuantas lágrimas...